lunes, 27 de julio de 2015

55. TIEMPO DE VIVIR. De Wasileus Flanagan


Desde pequeño le habían entusiasmado las novelas y películas de ciencia ficción, especialmente aquellas que versaban sobre la posibilidad de realizar viajes en el tiempo. Siempre estuvo convencido de que, si no se había logrado lo que aquellos visionarios habían plasmado en sus obras, ya fuesen literarias o audiovisuales, se debía sin duda a la impericia de los científicos, incapaces de desarrollar una tecnología que debía estar ahí, aguardando a que una mente inquieta la sacase a la luz, del mismo modo que un escultor permite que la figura que se halla prisionera en el bloque de mármol brote de su interior.
A sus quince años tomó una decisión drástica, que habría de marcar el resto de su vida: sería él quien le hiciese ese regalo a la humanidad, la posibilidad del desplazamiento dentro de un marco temporal. Desde entonces encaminó todos sus esfuerzos en esa dirección, preparándose concienzudamente, leyendo cuantos libros sobre física teórica caían en sus manos, y abandonando por completo su vida social, secundaria por completo.
Mientras se preparaba para pronunciar su discurso de agradecimiento ante la Academia sueca, que había tenido a bien premiar su fabulosa contribución a la ciencia con el Premio Nobel de física, el prestigioso erudito, ya anciano, se preguntó si le restaría aún algo de tiempo para vivir esa vida a la que había renunciado.

Seudónimo: Wasileus Flanagan

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