lunes, 31 de julio de 2017

187. LA LEYENDA DE LA CASA EN MEDIO DEL BOSQUE. De Oso Polar


La oscuridad del bosque de Chapultepec fue cortada por el chiflido de Ricardo, con éxtasis señalaba una edificación vetusta que surgía entre la sombra de los árboles. Los 5 chicos bajamos a toda prisa, con sigilo nos deslizamos hasta la puerta de la casa donde una bruja habitó, una morada que sólo aparece en noches de luna llena, de la cual debes salir antes del amanecer o quedarás atrapado para siempre. Cada uno trae una hoja para pintar el camino que andamos. La concentración se corta al escuchar un profundo golpe detrás nuestro, acompañado de una risa macabra que nos eriza los vellos. Corremos y nos separamos, Francisco está conmigo escondido, comparamos anotaciones notando que están iguales, nos hemos internado más de lo deseado, pero debemos buscar a los demás. Notamos con incertidumbre que un pasillo que marcamos no está, las líneas se enciman como si la casa cambiara, nos sentimos observados por los espejos y las sombras que danzan acechantes, extraños ruidos se mezclan con el crujir de las paredes. Tras el rechinar de una puerta observamos una sombra ancha y pequeña pararse frente a nosotros, el miedo nos recorre, arrancamos aterrorizados una carrera que sólo yo logro culminar con el eco de los gritos de mi amigo pidiéndome que huya. Subo escaleras veo el suéter de Pedro rasgado y con sangre, al alzar la vista Ricardo me hace una seña y corro para esconderme con él. Nos aventuramos a salir pero habrá que encontrar otra escalera pronto, caminamos presurosos de puntitas hurgando todo con la vista. Hemos llegado que a arriba del recibidor y la única esperanza de hallar otra escalera es tras un largo pasillo que luce amenazante. Las dudas de cruzarlo terminan cuando la puerta que habíamos cruzado se abre con violencia, un ser con gesto deforme se nos abalanza. Gritos desgarradores inundan la casa, corro largo tiempo, sé que estoy perdido. Pronto amanecerá, no puedo seguir escondido, salgo y veo una puerta que antes no estaba, 2 seres corren de cada lado hacia mí, al abrirla encuentro luz, detrás de mí una cueva, enfrente de mí el paisaje de montañas nevadas.

Seudónimo: Oso Polar

186. LA ÚLTIMA NOCHE. De Drew


Ahí estaba María. Dispuesta a dormir la última noche en aquella horrible casa de campo. Juanjo se había empeñado en ir a pasar unos días de descanso. Después de tener al bebé todo había sido un torbellino de emociones y días tormentosos, así que pensaron que un tiempo en el campo les sentaría bien. María se quedó tumbada mientras Juanjo y el bebé se dormían. Recordaba todas las malas pasadas que le había jugado su imaginación. El corazón le dio un vuelco mientras se acordaba cómo la niña se había quedado mirando fijamente un rincón de la casa mientras se reía. Sabía que todos los bebés hacían eso, pero luego empezó a seguir algo con la mirada. Ella no le dio importancia hasta que una silla volcó, casi como si chocaran contra ella. Y el bebé no hacía más que reírse. Ella se giró en la cama, intentado quitarse de la cabeza esas cosas y conciliar el sueño. Pero su mente tenía otros planes. Volvió a recodar cómo esa misma mañana subió corriendo al segundo piso porque oyó al bebe llorar. Entró en la habitación y no estaba allí. La volvió a oír en la habitación de al lado, o eso habría jurado ella, porque al llegar tampoco estaba. Luego la oyó reírse justo en su nuca y al volverse tampoco estaba allí. Se lo contó a Juanjo, que había tenido a la niña todo el tiempo y él lo achacó al cansancio. Paranoias de madre primeriza. Estaba intranquila recordando todo aquello, con el corazón martilleándole en las sienes y el aire que se quería escapar de sus pulmones. Intentó acompasar su respiración a la de Juanjo y a la del bebé, ambos dormidos ya. Enseguida encontró la respiración de él, tranquila y ronca, junto a ella. La de su hija le pareció rara, desacompasada consigo misma. Escuchó con atención en la completa oscuridad de la habitación y descubrió que en la cuna, a los pies de la cama, contaba dos respiraciones: una inhalaba a la vez que la otra exhalaba. Y entonces escuchó la suave risilla de su hija en los brazos de su padre.

Seudónimo: Drew

185. DESPOJO. De Mister Mistery


Primero fue ese resplandor, tan blanco, tan sosegado. Luego, una vertiginosa levedad que todo lo desaparecía, pulverizando en miles y miles de átomos mi integridad física; fue como un fogonazo de eternidad y mortalidad al mismo tiempo. Mi mente pareció disiparse por segundos, como una voluta de humo en medio de un huracán. Creo que sólo al minuto transcurrido tuve consciencia de mí. Tratando de conservar la calma miré a mí alrededor. En medio de paneles de control y botones luminosos, vi el nombre Teleportador1. ¡No puede ser! ¡No resultó!, grité. Me sorprendí al no escuchar mi propia voz, pero no presté atención, sólo me importaba una cosa. Se suponía que debía aparecer en el teleportador 2, que sería el receptor de mi cuerpo después de la teletransportación. Pero, algo extraño había pasado. No me sentía, no tenía peso, ni al parecer, forma. No me veía a mí mismo. Por la amplia ventanilla del teleportador 1, di un vistazo afuera, donde estaba el teleportador 2. Para mi sorpresa, ahí dentro, de pie y con la mirada perdida, estaba mi cuerpo. No se movía, pero estaba vivo, lo vi parpadear por momentos. Pero… si yo, o sea mi esencia, mi alma o mi mente, estaba acá en este punto…¿Quién era él? ¿Quién estaba dentro de mi cuerpo? ¿O era alguna especie de ente sin emociones ni pensamientos? Tristemente, el experimento había sido un éxito; en pleno siglo XXIII, yo había sido el primer físico en este planeta en conseguir llevar a cabo la teletransportación de un ser humano. El problema era que el resultado no fue el esperado, no fue como el que mostraban aquellas viejas películas de ciencia ficción. Nadie en el campo científico se imaginaba, ni yo mismo, que el alma humana sí existía, que no era algo físico, que no tenía átomos para teletransportar. Además, aquello de que el alma puede atravesar objetos era mentira, he intentado en vano pasar a través de las paredes del teleportador. Vuelvo a mirar por la ventanilla y veo que mi cuerpo está haciendo lo mismo que yo en el otro teleportador. ¿Será que puede sentirme de alguna forma, o percibirme?¿Será que puede llorar por mí o… por los dos?

Seudónimo: Mister Mistery

184. ALTERIDAD. De Chester


La imagen reflejada en las pupilas carmesí del perro me ha paralizado: una luna menguante plagada de cráteres sanguinolentos que parece cercana a expirar su último estertor. El aura de terror que emana del taciturno animal repica violentamente contra las puertas de entrada al corazón de mis tinieblas. El sonido gutural de sus primales gruñidos vaticina que uno de los dos no volverá a vagar por las calles de una ciudad decrépita a la par que corrupta, emponzoñada por las alimañas que componen su tejido social y de la que los dos formamos parte, al menos por unos minutos más.
Han pasado 7 años y cada día me cuesta más recordar cómo era mi antigua vida. Mi percepción sensorial ha sido alterada por completo. La única constante en mi vida es el dolor fantasma provocado por el mordisco. Puede que la herida haya cicatrizado, pero el perro está devorándome desde dentro, asimilando mi esencia y reemplazándola con algo que no reconozco; un híbrido de mis recuerdos y melancolía fusionados con una ira tóxica y corrosiva que enfrenta lo poco que queda de mi humanidad con el reflejo de la luna menguante que me acecha desde aquella fatídica noche. Tengo miedo de mí mismo, de lo que puedo llegar a hacer si me dejo llevar por mi instinto predatorio y no me pongo el bozal de humanidad al que he estado vinculado durante la mayor parte de mi vida. Quiero aullar a la luz de la luna, a todo lo que es diferente, lo que me daña, lo que no comprendo y me asusta, pero un simple vistazo a mi rostro reflejado en el agua estancada de una ciénaga arroja una realidad igual de cruda y sucia. Cada noche al dormir al arrope de los sonidos del bosque me pregunto si algún día volveré a experimentar el concepto de normalidad que a muchos asusta pero yo anhelo, no tener que contemplar nunca más a las personas que me rodean como sacrificios vivientes cuya existencia se reduce a reemplazarme como ofrenda a mi bestia interior en cuerpo y alma. La única respuesta que alcanzo a vislumbrar son dos palabras "nunca más".

Seudónimo: Chester

183. LAS MANOS DEL DOCTOR ORTIZ. De Augusto Castell


La forma del pequeño bulto parecía más cercana a una bolsa llena con lentejas que a un quiste sebáceo, por lo que supuse que, si apretaba un poco más, no podría saber lo que saldría de mi abdomen. Aun así, mi naturaleza precavida no me permitió averiguarlo. Preferí salir directamente de mi casa a la avenida Orquídeas donde hasta altas horas de la noche atiende el doctor Ortiz, experto en cada uno de los quebrantos de salud que he sufrido a lo largo de mis treinta y dos años de vida.
Las manos del doctor Ortiz parecen guardarse en un refrigerador industrial. Lo noté por última vez hace dos semanas, cuando me aplicó su terapia de inyecciones y lavativas. Frías manos de muerto. El tipo de galeno adecuado para mí. Un hombre carente de toda capacidad de sorpresa, casi de toda emoción. Como si ya supiera la razón de mi dolencia. Ni siquiera al ver mi abdomen deformado por esta masa creciente cambió la conformación básica de su rostro: un tipo que podría pasar por antipático.
Esta vez, de manera irregular, empezó por registrar mi dolencia. Ni siquiera pude explicar que todo empezó anoche con un pequeño lunar y que, a esa hora, ya medía más de veinte centímetros. Parecía entenderlo todo a través de sus dedos árticos. En sus movimientos podía notar prisa y aumentaba mi ansiedad.
Fórceps, pinzas y tijeras esperaban en la mesa adecuadamente organizada. Se decantó por la última opción, posiblemente la más dolorosa. No usó anestesia. No tuve tiempo de gritar cuando, entre mi piel, surgía una abertura que, más que dolorosa, parecía curar la presión continua que había empezado a sentir. Por fin mi vientre estaba libre para dejar surgir el pus. El doctor Ortiz abrió con fórceps el bulto y de ahí empezaron a salir, entre cosquilleos y sangre, pequeñas piedrecillas con patas, arácnidos desesperados por moverse fuera de mi cuerpo y que eran agarrados y devorados en grandes bocados por el doctor. Dentro de mí ya no quedaban órganos libres de la plaga. Sus ojos, trastornados, miraban dentro de mí, su incubadora. 

Seudónimo: Augusto Castell

182. EL CAZADOR DE DRAGONES. De Huma


El cazador de dragones no avisa; actúa. El cazador de dragones no hace ruido; está. El cazador de dragones es alto y fuerte, y lleva consigo una armadura del color del sol de la tarde y tan brillante como la espuma de la mar. El cazador de dragones oyó en el reino de Lorenath que había dos dragones gemelos en el Valle Verde y no dudó en ir en su busca. El primero fue fácil: dormido sobre las rocas grises al borde del río, con la cabeza entre sus patas como amante soñador, no fue problema apuñalar su cabeza y manchar el otrora dulce río con la sangre de la colosal bestia indefensa. El cazador de dragones es salvaje y no tiene piedad. El segundo fue complejo: en lo alto del monte, como estatua sobre poderoso pedestal, desplegaba sus alas el monstruoso ser del abismo. Escupía fuego recordando a su hermano y al inhumano caballero que atacó a su otro ser. El cazador de dragones no duda; enfrenta. Porque una bestia huele a otra bestia supo girar su enorme pescuezo a tiempo y comprobar que el guerrero aparecía con descomunal lanza en su diestra. Burlado, el cazador maldijo al dragón, que volaba huyendo de aquél a quien no había provocado y de aquél a quien no había atacado. "Dime, ¡oh, humano!", pronunció mentalmente el alado reptil con su voz infernal, "¿Acaso por ser así debemos ser castigados? ¿Eres acaso tú el Juez Supremo, creador del Universo, que puede y debe hacerlo? Humíllate por tu falta de humildad". "Sólo diré esto: bestia eres y buen botín sacaré por tu pellejo duro y frío", contestó su rival. "Sea". Y el dragón gritó con alarido espantoso e hizo arder la armadura del cazador con el mayor de sus hechizos, derritiéndola poco a poco como un soberbio reinado o como nieve en primavera. El cazador de dragones es humano; puede fallar y perecer.

Seudónimo: Huma

181. AUTOFAGIA DEL SER. De El Degustador


Cuando descubrí el sabor de mi carne, pude reconocer el tránsito de mis lecturas desde mi infancia como puerto de partida. El "potens" aristotélico se desborda ahora, cuando el tiempo es todavía el espejo de la infinitud del cosmos y aun es búsqueda de la culminación de mi ser, el mítico "dasein", ante la degustación por mis costillas crudas. He librado el desgaste vital de la acidia, del colesterol y los triglicéridos porque ya no me importa. ¿Cómo podía imaginar que el principio nietzschiano sobre el menosprecio esotérico de la razón era la verdadera fórmula, la única? En la definición más certera de mí mismo, sólo hay cabida para la carne manifiesta. ¿Desde cuándo? No puedo dejar de recordar el accidente, el azar venturoso de una tarde de estío cuando afilaba los cuchillos de mi padre chanicero, matarife de oficio, carnicero de cepa familiar, quien me fue enseñando estas artes de doblegar tendones y huesos de matadero hasta convertirlos en paraísos de los sentidos. De pronto, sin imaginar siquiera el lamentable error ante mi padre, la hoja de su cuchillo más filoso penetró en el dorso de mi pulgar derecho  (finalmente, el lado izquierdo de mi existencia pobló su circunstancia fatal y condenada a los infiernos), atravesando su identidad indefensa y opositora. Primero fue la sangre, luego el deseo. Entiendo ahora que la delectación al devorarlo deja exentas de ese destino a mi boca y a mi mano izquierda que lleva las partes de mi cuerpo apetecible al pórtico de mis ansias hasta depositarlo en el edén de mi lengua, dientes y paladar maestro. Me pregunto qué haré cuando ya no pueda llevarme a la boca mis miembros, mis órganos alimenticios en el acto de devorarme. Moriré, sin duda, de amor de mí, de hambre, de razón inversa. Mientras tanto, observo mi hígado sobre mi mano fiel y lo conduzco al éxtasis de ser. ¡Ah!

Seudónimo: El Degustador

180. LIBERACIÓN. De Satta


–La brevedad… esa es la vida; es un cigarrillo en combustión. Nos consumimos en el fuego abrasador del tiempo, y lo que queda es humo y cenizas. Vida miserable y maldita. ¿Qué es lo que haces tú? –preguntó Cleveland. Luego dio una fumada al cigarrillo y apuró su cerveza.
–Sólo soy el espectador del mundo, además ¿qué quieres que haga? Ya he hecho todo –respondió Dios.
–Pensé que dirías eso –dio otra fumada y bebió otro trago. El sol se ocultaba progresivamente. – ¿Qué me dices de la muerte?
–La muerte es la finitud de la carne, mas no la del espíritu –y Dios miró hacia la ventana para ver el último rayo de sol de aquella tarde.
–Tú que has hecho todo… yo lo destruiré. Tú que has creado esta vida… yo la terminaré
Cleveland dio el último trago a su cerveza, luego se levantó y blandió un revolver. Puso el cañón del arma sobre la cabeza de Dios.
– No has vivido la muerte. –Dios no se inmutó.–Lo único que no has hecho es morir.
Cleveland jaló del gatillo y el proyectil impactó el rostro divino. Luego, una figura resplandeciente se irguió sobre el cadáver; era Él, brillante como el sol. Cleveland apuntó una segunda vez y disparó. Fue un sonido formidable, la imagen se hizo pedazos.
Cleveland se asomó por la ventana, una corriente de aire le dio en el rostro; tenía el aroma de la libertad, él lo sabía.
Pensó: "la vida ha cambiado, la muerte no existe más." Y luego, dio la última fumada al cigarrillo.

Seudónimo: Satta

179. FINAL. De El Conde Sorelestat


No siento más dolor. No siento las dentelladas que da la criatura en mi piel. Observo inmóvil como ella devora parte de mi hígado. No sé en qué momento llegamos a este absurdo instante. Trato de sonreír y una bocanada de sangre escapa de entre mis labios, pienso que será divertido cuando regresé de la muerte, tendré que arrastrarme para sobrevivir. La criatura ha arrancado de raíz el brazo derecho y la rodilla izquierda ya no está unida a mí. Estoy débil, he perdido mucha sangre, debería estar sin sentido, pero aún sigo viendo como soy devorado por ella que ahora rompe mi estómago bilis, comida y jugos gástricos se esparcen en lo que queda de mi cuerpo y el suelo. No se detiene ahí, en uno de sus ataques logra que mis tripas broten como un ramo de flores. Yo no sería una criatura digna, me pudriré en mi propia sangre y mierda. Ella estaba dispuesta a no dejar nada de mí. Jamás debí esperar tanto tiempo entre el disparo y haberle aplastado el cráneo con el martillo.
La bala le atravesó el pecho y la estrelló contra la pared. Yo sabía lo que debía hacer, todos lo sabemos desde hace diez años cuando apareció el primer zombie. Pero me perdí en esos ojos que amaba. Recordé el momento en que le hice el amor por primera vez, nuestro viaje de luna de miel, nuestro único hijo que murió en la guerra contra los monstruos que habían escapado de sus tumbas. La amaba, ella era mi todo, pero no pude perdonarla, había dudado de mí, ella había bajado al sótano, para descubrir los treinta pares de ojos de mis victimas en los últimos quince años. Así que olvide aplastarle la cabeza. No me di cuenta cuando ella se lanzó sobre mí y me arrancó parte de la cara de un solo mordisco.

Seudónimo: El Conde Sorelestat

178. DOLOR EN LA NOCHE. De Macuur


Rompió la noche. Fue una explosión deslumbrante. Una centella que apenas duró un segundo iluminó el firmamento e inundó palacios y cuevas. En todo lugar dejó su huella voraz. Allí descargó muerte y destrucción. Sólo un niño, una criatura inocente, la más débil de la creación, escapó al poder destructor de aquella estrella fugaz.
Eso dijeron los sabios. Una estrella fugaz de inmenso poder destructor había arrasado  todo cuanto encontró a su paso. Erraron. Allá en lo más profundo de un valle, perdido entre ventisqueros, la muerte había respetado a un cachorrillo que, bajo forma humana, escapó a la parca agarrado al pecho de su madre.
Nadie lo supo. Salvo un lobo que amamantaba sus crías oculto en la profundidad de una caverna. Enfurecido por el ensordecedor ruido que acompañó a aquel rayo aulló amenazante desde su guarida. Respondió el llanto del pequeño. Y un corazón, el corazón de una fiera salvaje, tembló arrebatado ante aquel sollozo. Una fuerza imparable lo arrastró hasta el exterior. El bosque gemía arrebatado ante el fuego destructor. Muy cerca, entre dos enormes peñascos, el cuerpo de una mujer, arrebatado por la furia infernal, escondía entre sus cenizas una gota de vida. Era un bocado exquisito para un lobo hambriento. El animal husmeó el entorno. No había ningún peligro inminente. Sólo el aroma emanado de unas carnes prietas y delicadas. Se acercó. Olfateó con fruición aquel tierno bocado que se ofrecía a  sus fauces y aprisionando su cuerpecillo con los colmillos lo trasladó al interior de la guarida, lo depósito junto a sus crías y, con la ternura que sólo sabe usar una madre, le ofreció uno de sus pezones.

Seudónimo: Macuur

177. FUNERAL DE MIS RECUERDOS. De Carmesí


Qué llevas en esa caja?
-Unas cosas que me dio la vida a mis 4 años.
Me dejas ver?
-Son dos unicornios, una sirena de pelo de sol y ojos de cielo, tres hadas madrinas y un fauno dorado
- Pero nada de eso existe!
Claro que sí. Fuí feliz con ellos. Jugaba con mis unicornios, nadaba con mi sirena, volaba con mis hadas y de mi fauno escuchaba sus historias.
-Entonces déjame ver…
Ahí tienes.
-Pero está vacío.
No es cierto, están ahí, solo que murieron hace un tiempo y por fin he decidido ir a enterrarlos.
Y de qué murieron?
De lo que a todos nos mata. De una cosa que se llama realidad. Invade los sueños y las pequeñas dichas, destruye la imaginación y la magia de sus universos, quiebra las sonrisas, desocupa los ojos y duele en el alma.

Seudónimo: Carmesí

176. LA MALDICIÓN. De Gilraen


Me levanté aquella mañana sediento. Tenía la boca reseca y una extraña sensación me recorría las sienes, como un extraño hormigueo que golpeara mi cerebro y quisiera devorarlo. Notaba la boca reseca y aún resonaban en mi torturada mente aquellas últimas palabras antes de que la sangre caliente llenara mi boca: "¡Maldito estarás siempre!"
Me dirigí al baño y su espejo acusador me golpeó con un horrendo reflejo. Unos ojos inyectados en sangre me recibieron, terribles e inhumanos; una boca afilada y cruel se perfilaba por un rostro blanquecino y enfermizo. ¿Aquel era yo? ¿Tanto había cambiado? ¿Sería posible que ella me hubiera hecho esto? No, no era posible. "¡No!" grité golpeando el cristal con mis puños con la rabia que proporciona la evidencia de mi horrible acto. Mis nudillos se llenaron de aquel líquido tan familiar, pero no sentí dolor allí, sino en mi pecho que aún latía. Caí de rodillas vencido y solo entonces fui conciente de que estaba muerta, de que nunca más volvería a reír bajo las estrellas, ni a danzar descalza por el prado mientras yo la contemplaba embelesado, lleno de deseo.
"Maldito estarás siempre", dijo el viento que entraba por la ventana como una terrible boca infernal. Era un monstruo y jamás lograría librarme de mi tenebroso destino. Sabía que jamás podría parar, que era parte de mi ser y que siempre estaría allí, para condenarme y torturarme eternamente. En mi mente, el otro soltó una carcajada cruel y macabra. Sabía que cuando llegara la noche yo nada podría hacer y él volvería a matar y me haría presenciar los horribles gritos, las miradas aterradas de mis víctimas, sus vísceras entre mis manos calientes, su estremecerse antes de morir en los estertores que en mi retina quedarían grabados para siempre.
"Maldito estarás siempre", así me dijo ella antes de morir, antes de ser quemada en la hoguera por bruja; y yo, su inquisidor, por ello, me quemaré en el horrible tormento del infierno al que ella me envió.

Seudónimo: Gilraen

175. EN MI SALÓN. De LL Beltrán


Entré en mi propio salón. Estaba en penumbra. Me dolía horrores la cabeza, y para mi sorpresa, toda aquella gente, gente que no conocía de nada, que no había visto nunca, escapó corriendo al verme entrar. Pasaban por mi lado y me miraban aterrorizados, gritando. ¿Quiénes eran?
Me acerqué a la mesa grande, donde habían estado sentados, y allí pude ver una tabla ouija y unas velas encendidas.
Así fue como me enteré de que estaba muerta.
Hubiera agradecido menos gritos y más tacto. Aún me dolía la cabeza.
Di una vuelta sobre mi misma e inspeccioné la habitación más de cerca. Aquel efectivamente era mi salón… pero no lo era. Estaban todos mis muebles, llenos de polvo, pero de las fotos, los discos duros, la televisión… ni rastro.
Me asomé a la ventana y definitivamente llegué a la conclusión de que llevaba muchísimo tiempo sin pisar la calle. Todo era diferente, la iluminación, los edificios… había más aviones en el cielo, una barbaridad… incluso los vehículos, mucho más modernos, no sabría cómo llamarlos… ¿futuristas? La poca gente que circulaba por la acera a aquellas horas lo hacía sobre plataformas que flotaban en el aire y me quedé maravillada con todo aquel espectáculo.
Eché de menos alguien con quien comentarlo. Estaba sola.
Tropecé con algo en el suelo. Era una especie de tableta o algo así y se encendió al levantarla. Apareció el holograma de una chica con su perro. Llevaba un casco muy raro. Se le debió caer al salir corriendo, supongo.
Había una fecha allí, el 12 de Abril 2032.
Ufff… mis últimos recuerdos databan del 2017.
Decidí acomodarme en el sofá y esperar a que la chica de la tableta volviera a por ella, y tendría alguien con quien hablar, lo quisiera o no.

Seudónimo: LL Beltrán

174. JUAN 13: 34. De Martín Lautaro Grau


La continua inconstancia termina haciendo arrodillar al toro. El que un día bramó con fuerza tal que hizo sudar al Cristo de yeso de la capilla del pueblo se vio obligado a sucumbir ante los fuegos etéreos que salían de las manos de los sacerdotes. De rodillas, como buscando ser bípedo, rezó por ser Asterión, y maldijo a Dante. Fue encadenado y llevado a juicio en un establo, como si a sus padres, sus dioses, no les hubiera bastado con humillarlo al parirlo entre alimañas. Se lo condenó a la hoguera por ser el resultado de experimentos impíos y por negarse a revelar a los herejes que lo invocaron. No oyeron sus gritos, que le hirieron su cabeza, pálida, lampiña y chata, que lo dejaron sordo hasta sus últimos minutos. Fue encadenado muy torpemente a la hoguera, en la que terminó como un tronco más. Cantaron los sacerdotes, los Teseos, y encendieron la llama. El humo cubrió todo casi de inmediato, siendo llevado al cielo más grueso y más oscuro con cada bramido. Su rostro,  bello y andrógino, buscó traspasar las llamas, terminando tan miserable como el del vulgo sediento de sangre y ahogado en el miedo y el oscurantismo. Murió calcinado blasfemando a San Lucas en violentos y dolorosos temblores, y preguntando por qué no le pudieron bastar sus velos para esconder su humanidad y su belleza.
 Pero yo me pregunto, ¿por qué lo matamos? Somos miserables, ignorantes, con conceptos tan básicos de coherencia. El creer que una cara pertenece a un cuerpo en particular nos llevó a quemar al segundo Cristo, nos llevó a deformar una belleza calmante y onírica, sólo por no aceptar a lo bello en sí. Le dimos muerte antes de que pudiera entregar el nuevo mandamiento: "amad, amad lo bello, y si no lo encontráis, creadlo, y si lo veis, jamás lo nieguen; confiad, porque la luz y el camino no siempre serán visibles al ojo humano, y podréis necesitar el alma de un toro para hallarlos".
Seudónimo: Martín Lautaro Grau


173. ACORRALADO. De Charly Lemanto


Nunca tomé como opción la muerte. Ni siquiera en los momentos más difíciles.
Pero no siempre las opciones que te plantea la vida son las más justas o coherentes. Ésta no es una sentencia por deudas, amores o engaños: es una decisión por miedo. Ese miedo que te acorrala, te ahoga, te atrapa. Ése que no te deja respirar, que te enceguece mostrando una simple y negra realidad: la única y la palpable. Ni siquiera hablo del miedo a la muerte; sería muy simple; sino de ése que te recuerda que definitivamente vas a  sufrir, y te  va a doler. El miedo que no te ofrece remedios ni soluciones; el miedo que te angustia, te deprime, te menosprecia, te rebaja a una simple cosa paralizada, inerte, catatónica. Ese miedo que te persigue: va con vos a todos lados, no te da descanso, no te deja pensar ni razonar, te acorrala, vive con vos todo el tiempo, te asfixia, te encierra en su propio juego y no te permite entender las reglas de ese terrible error que te fabrica la mente y el alma. Es más profundo que la sangre misma, se siente en el cuerpo, duele como el peor de los dolores, el más cruel de los espantos, la más profunda agonía, la desesperación constante y el laberinto eterno de no saber dónde ir. Te paraliza, te acorrala, te desespera, te hipnotiza, te mata.
Sin más ni menos el miedo, mi miedo, mi propio miedo.
El silencio se interrumpió por un estruendo la oscuridad por un fogonazo.
Un disparo y el fin.   

Seudónimo: Charly Lemanto

172. REALISTA. De J. T. Brevius


–Pero dejate de joder… ¿Que son esas boludeces que decís? Mirá si las cosas van a existir solo porque las pensamos… Las cosas existen y punto.
–No, lo que te digo es que cómo podemos estar seguros… no sé… de esta mesa, por ejemplo.  Nosotros estamos sentados acá, tomando un café, en este bar. Pero esta mesa donde nos apoyamos, ¿estuvo siempre acá? O, ¿está ahora y tiene esta forma porque nosotros la estamos pensando? Fijate. Tiene su lógica: las cosas, tal vez, solo existan mientras un ser racional o cognoscente se las figura. Por ejemplo, si dejamos algo en una habitación vacía y nos vamos, esa cosa ¿se queda ahí? ¿Existe mientras no nos acordamos de ella?
–Pero mirá que sos un grandulón boludo. ¡Las cosas desaparecen si no las pensamos! ¡Dale! Ahora me vas a decir, que solo cuando pienso en el taxi, este aparece y existe… ¿Y por qué a veces llegas tarde porque no pasa un puto taxi? ¿Eh? Dale, decime. Las cosas existen porque existen y punto.
Con esa frase absoluta, un hombre, da por acabada la cuestión filosófica, mientras toma un café. Luego da una clase magistral de los más diversos temas: football, política, economía… Y en dos horas y media de charla soluciona todos los problemas del mundo.
<<Este Carlitos, se fuma algo y empieza a decir pavadas>> piensa mientras se acuesta el docto caballero que resolvió la disputa del Realismo y el Idealismo. Esa noche durmió muy bien y tranquilo, pero todos se olvidaron de él y desapareció.
Ergo, se había equivocado.

Seudónimo: J. T. Brevius

171. FINAL OSCURO. De El jinete sin cabeza


Antes de marcharse de cacería por dos semanas, su padre le previno: «No le abras la puerta a nadie». Quizás por eso su nuevo amigo se escurrió por la chimenea y se refugió en la penumbra del hueco de la escalera. Los verdes ojos levantaron un luminoso resquicio, entre telarañas y cachivaches, y le hicieron saber al crío sus exigencias: dos parpadeos para sí, un parpadeo para no.
─Entonces… si no quieres salir a jugar ¿quieres comida? ─le preguntó ansioso el niño.
—Dos parpadeos. Y una zarpa membranosa se asomó desde la oquedad.
El niño se conformaba con la escasa provisión de frutas secas, mientras atendía el creciente apetito del comensal por la carne. Pronto, las reservas de la alacena se agotaron. En un lecho improvisado con cartón y sábanas, el chico languidecía de hambre y de aquellos estigmas sangrantes que aparecieron en su cuerpo desde que decidió dormir al pie de la madriguera. También el invitado quedó reducido, inapetente, en el cubil entre gritos de dolor. Después de mucho gemir, y ya casi sin fuerzas, aquel pujó un último alarido y las pupilas verdes brillaron con renovada energía en la oscuridad.
─ ¿Ya te sientes mejor de la barriguita?
—Dos parpadeos.
─ Estoy débil, querida amiga. Antes de que venga papá y te marches con tu familia, ¿quieres salir para que pueda conocerlos? —le suplicó el niño adormilado.
En respuesta, varios pares de pequeños ojos verdes se encendían y apagaban conforme avanzaban hacia el indefenso niño.

 Seudónimo: El jinete sin cabeza

170. UNA VIDA POR UN REINO. De Úrsula M. A.


La princesa mariposa dormía en su crisálida de vidrio. Los numerosos lados y aristas del revestimiento parecían ser obra de joyería. La anciana reina no había muerto pero, al igual que sus soldados, mostraba cierta debilidad.
Todos en el país iban a mostrar sus respetos; algunos hasta se postraban ante la heredera. El habitáculo fue conocido como la Crisálida Diamante, ya que simulaba una joya que guardaba algo valioso.
Debido al la situación, el Clan Mariposa era presa fácil para el Clan Tarántula: su enemigo desde tiempos remotos. Sin embargo, quien abriera la crisálida arriesgaba su vida, pues la princesa no debía nacer antes de lo previsto.
Temiendo el fin de su civilización, Silván pensó en liberar a la princesa para salvar a su pueblo. Al detenerse frente a la crisálida, quedó prendado de su belleza. El valiente muchacho rompió la crisálida de un hachazo. Junto a la recién nacida, la nueva comitiva vio la luz por primera vez. Guiados por la nueva reina, los guerreros Mariposa derrotaron fácilmente a los invasores del Clan Tarántula. Silván murió irremediablemente, pero con la alegría de haber recibido el agradecimiento de la incipiente soberana.

Seudónimo: Úrsula M. A.

169. IMPERTINENTE Y SIN SÁBANA. De Viernes


– Has cambiado de champú –susurra en mi oído mientras acaricia mi nuca.
Y yo tengo un escalofrío que no solo puedo atribuir al miedo.
– ¿Escribes otra vez sobre mi? –pregunta, con satisfacción mal disimulada en su voz.
Me vuelvo para mirarle, está centrado en mi relato.
– Es bonito –Me sonríe, dejando a la vista su colmillo torcido– ¿Cuántos van ya?
Muchos. Ambos lo sabemos. De amor, de desamor, de lujuria, de venganza, de odio.
– Puedes hacer una recopilación y venderlos, te vas a hacer rica a mi costa.
No puedo evitar romper a reír. Rica escribiendo. Él se sienta en mi escritorio.
– ¿Por qué no? Tienes talento. Y yo soy un tema apasionante.
Qué ganas de abofetearle. Qué ganas de besarle. ¿Cómo pudo tener ese estúpido accidente y dejarme huérfana de él? Señala con la cabeza a mi portátil.
– Es bonito, pero no soy yo.
Y quiero destruir el relato: derramar un frasco de tinta, hacer trizas el papel. Pero escribo a ordenador y no voy a hacer ningún gesto dramático que lo destroce solo porque me provoque un fantasma petulante.
– ¿Cuando te vas a ir? –pregunto exasperada– ¿No deberías continuar tu camino?
– Sí –la tristeza nubla su mirada–. Pero no puedo. Sigo anclado al mundo.
– ¿Qué necesitas para liberarte?
Se inclina hacia mi, y susurra en mi oído con su aliento gélido:
– Que me entiendas.
Desaparece, dejándome envuelta en escalofríos y recuerdos.
Y sigo escribiendo y escribiendo, tratando de comprender a ese extraño hombre que tanto me importó y al que nunca entendí.

Seudónimo: Viernes

168. LA FÁBRICA. De Hedda


La fábrica fue inaugurada hacía apenas una semana. El Sr. Meyer, desde una tribuna colocada para la ocasión, lanzó una soflama en la que alababa la última decisión tomada por el Estado Unificado: Librar al mundo de la basura más estéril y difícil de exterminar de la manera más sencilla y limpia.
Con un ligero ademán de cabeza, ordenó que elevaran las puertas de acceso. A continuación, un tren de imantación de carga pesada dio paso al edificio en el que se congregaba con deleite una veintena de personas elegidas entre altas autoridades y prensa especializada.
El tren avanzó hasta la cinta de transporte y escupió de su interior la mercancía: kilos y kilos de carne humana expulsada con la facilidad de un engranaje bien engrasado.
Había de todo. Carne enferma de hombres, mujeres y niños de toda clase y condición. Cabezas, torsos, miembros humanos que suponían un sobrante de la sociedad y un coste inimaginable para las arcas sanitarias.
Este era el paso correcto. Un gran paso para la humanidad. Higiene genética y económica a un mismo tiempo.
Al fondo, las láminas de láser iniciaron el trabajo de avance, corte al ras y pulverización.
El Sr Meyer sonreía bobaliconamente, mientras observaba cómo su público callaba y mantenía la respiración, expectante.
La carne avanzaba, paso a paso, hacia la cortina de luz azul.
De pronto, una mujer perdió el equilibrio y cayó sobre la cinta, golpeando la pierna del hombre que se situaba delante de ella. Volvió a levantarse como pudo y asió la mano del hijo, que se había soltado en la caída.

Seudónimo: Hedda

167. EL ESPEJO. De Elsie Prince


Anais lee en voz alta todas las noches antes de dormir. Ella adora leer, especialmente cuentos de hadas. Su amigo, quien vive en un pequeño espejo en su mesita de noche, no para de rogarle que lo deje salir, pero Anais pronto descubrió que podía silenciarlo si alzaba su voz por toda la habitación. Una noche, Anais leyó un cuento donde una princesa quedaba huérfana y se convertía en reina, al finalizar la lectura, su amigo le preguntó ¿no te gustaría ser reina? Anais tomó el espejo y lo colocó boca abajo. Regresó el libro de cuentos a su estante, apagó las luces y se metió en la cama. "Serás reina por la mañana", susurraron en su oído. Anais se incorporo de golpe y encendió la lámpara en su mesita; el espejo donde habitaba su amigo se hallaba en el suelo, roto. Anais se precipitó en la puerta de su habitación pero estaba cerrada, gritó ¡Mamá, papá! y golpeó la puerta tan fuerte como pudo, todo en vano. ¿Cómo era posible que nadie la escuchase? De repente, la luz en su habitación se apagó, como en toda la casa. Anais, asustada pero decidida, ató su ropa de cama y la dejo caer por su ventana para descender por ella, tal y como las princesas de sus cuentos. Al llegar a tierra, corrió de nuevo adentro y abrió la puerta principal llamando a sus padres, pero el silencio absoluto y la densa obscuridad imperaban en cada rincón. ¿A dónde podrían haber ido en medio del campo? Anais logró tomar una vela de la cocina y encenderla, después subió las escaleras al dormitorio de sus padres, donde encontró una caja de regalo abierta sobre la cama con una nota a su lado. Dentro de la caja, estaba su espejo, aún roto. La niña lo sostuvo admirando el marco exquisitamente dorado con incrustaciones de joyas rojas que lo delataban como antiguo. Verse reflejada en él, la hacía sentir como una princesa, así que su madre le permitió conservarlo aunque fuese su regalo. Un regalo que recibió de una amiga muy cercana a su esposo, una amiga demasiado cercana. Anais extendió su mano, tomo la nota y leyó: Ahora sólo necesitas tu corona.

Seudónimo: Elsie Prince

166. SEMEJANTES. De 0 Lady Shadow


En el fondo del féretro se encontraba un sobre sin remitente. El guardián del lugar se acercó al caballero despacio.
─Buenas noches, señor. ¿En qué puedo servirlo?  ─le preguntó el guardián.
─Buscaba el remitente de este sobre  ─le respondió el caballero con serenidad.
El guardián abrió su capa y una ráfaga escapó de ella, como si fuera una boca inmensa a punto de devorarlo todo. El caballero sintió mucho frío, se tambaleó y se desvaneció. Al despertar vio la cara del guardián encima de él.
─Señor, ¿está bien? Aquí tiene el sobre  ─le dijo sin titubear.
El caballero vio como el guardián abría su capa, metía su cabeza y desaparecía tras el viento.
Se levantó y vio que  solo estaban  él, el sobre y la tumba. Miró el féretro. Estaba lacrado. Pensó en cómo abrir el ataúd.
─ ¿Abrir el ataúd? No le será simple  ─exclamó alguien.
─ ¿Lees mi mente? ¿Quién eres?  ─gritó furioso, mientras recorría con su vista las paredes de piedra blanca.
De pronto, una piedra se desprendió de la pared y golpeó directo en el lacre del  féretro. El ataúd comenzó a incendiarse, pero el  lacre seguía intacto. Un escalofrío recorrió su cuerpo y mientras veía con horror como se consumía entre las llamas el féretro, se acercó a la pared y metió su mano en el lugar donde faltaba la piedra. Ahí estaba el sobre, sin el lacre.
─Perdió el caso, detective ─dijo la misma voz misteriosa retumbando a más no poder en los oídos del caballero. ─Vi el sobre antes, no llegó a enviarlo y lo confundieron conmigo. El viento era fuerte ese día. Lo encontraron cerca del acantilado. Nadie supo que no era yo y se cumplió mi última voluntad: fue cremado.

Seudónimo: Lady Shadow

domingo, 30 de julio de 2017

165. IRIDISCENCIA. De Eilleen Isabel


Su cuerpo se precipitaba verticalmente rompiendo la niebla, el único sonido era el del viento viéndose atravesado por la velocidad. Segundos, minutos, horas; la caída se sentía efímera y eterna. Instantes, momentos, donde el único deseo que corre firmemente por sus venas es la libertad; la sensación del ahora y el eterno. Su visión se ve colmada de un azul zafiro; la brizna traída por las corrientes de aire, refrescan su rostro con vida en estado puro. En segundos se ve sumergida, cada parte de su piel siente la suave pero a la vez fuerte caricia del agua. Sus ojos se abren por el impacto, la adrenalina empuja su cuerpo hacia la superficie. Al emerger siente que explota desde su interior una emoción tan fuerte que la hace vibrar de un éxtasis al verse superado su peor miedo; de su boca sale un sonido entre chillido y carcajada. Permanece un momento sin moverse dejándose llevar por la corriente, siente cada célula de su piel adormecida, sus ojos como ópalos llenos de misterio observan todo a su alrededor. Al salir siente el impacto del aire frio y emprende una carrera precipitándose hacia el árbol más cercano donde se halla la maleta que dejó escondida; su respiración se acelera y su cuerpo se calienta, sus músculos queman mientras sus pies van dejando huellas en la arena. Su cuerpo se siente ligero; esa sensación que queda como un fantasma, una sombra escondida que solo se percibe si el deseo es intenso, el déje de una aventura pasada, un recuerdo fuertemente gravado en su memoria. Cada paso truena en el silencioso bosque; el flu flu de las corrientes del aire que pasan sigilosamente como serpientes deslizándose entre las hojas. Una leve luz se observa al fondo iluminando la carretera. Ella sale y su pie pisa el firme asfalto, divisa de un lado para el otro pero está completamente desierto. Vibración, picor, desde leve a intenso recorre su cuerpo que empieza a irradiar una luz que contiene todos los colores en su tono más delicado. Emoción, satisfacción, suavidad; sentimientos que inundan su alma cada vez que su verdadero ser es liberado.

Seudónimo: Eilleen Isabel

164. EL COLLAR. De Jazz Al


Sorprendentemente, la Virgen había escuchado sus oraciones y ya no estaba presa, pero la inesperada libertad era extraña.
Vilma no lograba recordar qué hacía allí, en la joyería de ese absurdo vendedor con gorro de mago, de esos con punta, luna creciente, y estrellas. Le quedaba tan grande que de a poco e inevitablemente, iba tapando sus ojos.
Quizás mejor así, porque la mirada del hombre le recordaba a Pedro riendo, besando a esa atrevida, burlándose de Vilma y después, sorprendido, gritando asustado.
Pero todos esos recuerdos volaron cuando el vendedor... el mago.. le acercó un collar de perlas, y anheló que fuera suyo, olvidándose de Pedro, los gritos, el cuchillo, la sangre, el juicio y la condena.
Anticipó el frío que sentiría y sintió cuando rodearon su cuello las piedras, tan bellas, tan... ásperas.., tan apretadas le estaban quedando, y ella pensó "Es que él no ve", su rostro había quedado completamente tapado por el gorro, que ya no tenía luna ni estrellas y parecía... una capucha.
Ahí Vilma salió de su ensueño, estaba en el cadalso.
Y el verdugo la ahorcó cumpliendo la sentencia.
Lo bueno dura poco.

Seudónimo: Jazz Al

163. ROBERTO HABLA CON MARÍA. De Galois


" Sabes por qué me gusta nadar?".
María no le contesta, se le queda mirando nomás, como ida. La taza que sostiene sobre las manos se ladea y se derrama. Los pensamientos que ha tenido antes quedan olvidados, volcados sobre el suelo, como el café.
"Me gusta nadar porque en el agua uno se tiene que meter cómo es,  sin capas de ropa, sin pinturas ni máscaras escondiéndole a uno los defectos, sin complejos. El agua lo descubre a uno, lo muestra como es de verdad" , a pesar de la piel pálida y los ojos cansados se le asoma una sonrisa. "No se trata solamente de ver muchachas medio en pelotas, aunque en parte si es por eso. Yo siempre he dicho que nadar y volar han de ser la misma cosa, moverse como si supiera uno lo que hace. Confiar. Porque uno no aprende a nadar dudando. No, el miedo pesa".
De repente se calla, y María siente hondo cómo el silencio va llenando el cuarto. Frío, húmedo, posesivo. Como el olor a agua clorada que desprende la piel de Roberto.
"Yo creo que por eso me ahogué, al final me entró el miedo."

  Seudónimo: Galois

162. LA MÚSICA DEL FLAUTISTA. De José J.


"¿Habéis oído hablar del Flautista?", y el silencio se apoderó de la abarrotada taberna, como si las animas se hubiesen presentado de imprevisto en el Hidalgo Porcino. Realizar esa clase de preguntas solo probaba las maliciosas intenciones de quien profería tales cuestiones o una absoluta ignorancia por su parte. Por aquellos lares todos conocían a ese demonio profundo y su melodía seductora, de timbre penetrante y mordente, llegado del otro lado de las grandes aguas, monstruo embaucador de moribundos y afligidos. "¿Qué interés perverso podría tener un extranjero en esa maldición viviente?", le preguntó el temeroso tabernero. Y el extraño viajero le dio un trago a su cerveza, como si solo estuviera pasando el rato y no acabara de perturbar los corazones de todo el pueblo. Miró a su alrededor y vio que todos le observaban, consternados y expectantes por la respuesta que pudiera dar. El extranjero profirió una sonrisa tan aterradora que heló la sangre de los allí presentes. "Me gustaría aprender su música", respondió el viajero. Los enfurecidos paisanos se levantaron de sus mesas, gritando, insultado, maldiciendo, y cuando iban a prenderle, una brisa retorcida irrumpió en la taberna y las llamas de las velas se disiparon. Una espontanea entidad apareció en medio de la revuelta. Todos enmudecieron ante la presencia del demonio y se postraron a sus pies. Un aura oscura envolvía al Flautista, privándole del color, como  una sombra hecha carne. La criatura escudriñó en los ojos del viajero, como un lobo en el bosque. "Si de verdad quieres aprender, deberás esperar. En tú lecho de muerto, allí me encontraras". Y el músico demoníaco se desvaneció, como un suspiro entonado.

Seudónimo: José J.

161. EL HOMBRE QUE AMABA EL SOL O UN ÍCARO CUALQUIERA. De Yves G.


Erase una vez un hombre que amaba el Sol. Dedicó toda su vida a estudiar el gran astro, poniendo todo su empeño en localizar su situación exacta en el cielo. Cada amanecer, el pequeño hombre se levantaba maravillado, extasiado ante la idea de un nuevo día. Si llovía, el hombre no desesperaba, pues sabía que, tarde o temprano, el Sol saldría de nuevo. Era al anochecer cuando un pánico indescriptible devoraba sus entrañas. Respiraba alterado, recogido en su humilde habitación, aguardando amargamente a que desapareciese la penumbra.
Aquel desdichado padecía de insomnio. No había noche en la que sus sentidos no lo hiciesen despertar acalorado, en la que no creciese en él un pavor irrefrenable, en medio de la oscuridad. Su hogar estaba plagado de dibujos y esculturas dedicadas al Sol, así como de vistosos relojes de Sol y de luces que lo imitaban para valerse de noche. Pero todo era insuficiente.
Un día decidió salir en busca del Sol. De ese modo, nunca se sentiría abandonado por su presencia. Y así fue como partió con escaso equipaje, decidido a caminar siempre de día, siempre bajo la atenta mirada del Astro Rey. Recorrió valles y montañas, atravesó grandes cordilleras, cruzó mares y ríos, con el solo propósito de contemplarlo. Persiguió su luz durante largos años.
En su viaje llegó a una región árida, la más árida de todo el globo, donde animales y plantas morían de ser. Ningún hombre hubo habitado jamás aquellas tierras. Al fin, se colocó frente a él, y lo vio. Allí, en medio de aquel éxtasis, de aquella afirmación, creyó encontrar la paz y la felicidad, la respuesta a todos sus anhelos.
Pero murió pocos segundos después, abrasado por el insoportable calor y la deslumbrante luz. Su cuerpo quedó horadado por los rayos solares, y fue desgastándose con el tiempo, ya que allí no había animales que pudiesen degustar su carne muerta y podrida.

Seudónimo: Yves G.

160.LA CABRA SACRIFICADA. De OrtegaPliz


Sabía que no debíamos cruzar el umbral, pero nuestro ánimo de sentirnos invencibles nos volvió inconscientes, ¿además que podía pasar? , era la vida real y en la vida real nunca pasa nada, Adriana saco un viejo libro que había encontrado en la casa de su abuela,  en la portada decía "la cabra sacrificada" junto con una advertencia escrita a mano: "las puertas del infierno siempre deben permanecer cerradas", la verdad es que nos causó gracia tal advertencia, lo abrimos a fin de cuentas era solo un libro, letras impresas en hojas de papel… La primera imagen que vimos fue el rostro de una cabra  el cual expresaba rabia, la mirada de aquel dibujo era penetrante, una sensación escalofriante recorrió mi cuerpo,  al pie de página estaba escrito "hay historias que jamás deberían ser contadas, pobre de ti si estás leyendo esto ahora, porque entonces ya estarás maldito". Esto es una tontería dije, creo que deberíamos dejarlo ya, ¿Tienes miedo? Comento  Adriana, ¿qué puede pasar? Es solo un  libro... Está bien respondí , no quería parecer tonto, Adriana tomo el libro y lo leyó en voz alta, el libro contaba una antigua historia sobre la primer cabra que fue sacrificada como tributo a Dios , se contaba en primera persona , era como si la cabra de alguna forma nos contara el infierno que vivió en aquellos días , era tan grafica la descripción que  sentimos nauseas , era increíble que un hecho tan simple se pudiese  proyectar con tal magnitud y en el último suspiro de aquella cabra  lanzo una maldición , entre bramidos  una voz humana surgió de  ella  aterrando al hombre que hacia el sacrificio " maldito seas hombre ignorante , maldita tu descendencia y todos los de tu especie, mi alma se quedara contigo para torturarte hasta el último de tus días", las siguientes hojas eran muchos rostros de personas , Adriana soltó un grito ahogado  al darse cuenta que en las últimas páginas de aquel libro eran nuestros rostros los que estaban ahí…Al siguiente día encontraron nuestros cuerpos , habíamos muerto, mientras que nuestras miradas expresaban un terror indescriptible.

Seudónimo: OrtegaPliz.

159. LLANTO DE SIRENAS EN EL ESPACIO. De Vincent Midgar


-Pequeña… hoy vas a matarme, y no pasa nada. No es nada malo.
La niña lo escuchaba, aunque no quisiera, pues el silencio gritaba por encima de las palabras y la asustaba. Las paredes de piedra rezumaban humedad y tristeza.
-Pero… yo… no… no quiero, Servant…
Servant parecía un anciano: las minas de asteroides habían hecho que sus huesos sufrieran la artrosis típica de la falta de gravedad. Su pelo, blanco por las duchas estériles, y su piel, curtida por los rayos uva sin filtrar, le daban un aspecto de 80 años cuando apenas tenía 50. Joven para morir, demasiado joven quizás…
La niña se apretó contra su pecho, aterrada, y aquello ayudó de alguna extraña forma.
-No podemos seguir esperando, pequeña -susurró Servant, con fría determinación- son cinco ciclos ya: no tardará mucho en tragarse al sistema solar.
El agujero de dolor flotaba en el centro de la habitación, junto al cadáver momificado de una niña. Un remolino negro rezumando luminiscencia morada. Sucio y extraño. Su resplandor fluctuaba y las sombras mostraran tentáculos, ojos… y cosas aún peores.
La niña lloraba ya en silencio. El cuchillo temblaba entre sus diminutos dedos. No tenía nombre, había nacido de una probeta: un homúnculo capaz de sentir la tristeza infinita que podía cerrar el agujero, capaz de vivir milenios.
-Por favor… no… no me hagas hacerlo… -Dudó un segundo. Nunca lo había dicho, pero en aquel momento lo necesitaba- no me hagas hacerlo… padre.
El hombre sonrió y agarró con ternura las manitas de la niña. Luego empujó lentamente el cuchillo a través de una de sus cuencas oculares.
El grito desgarrador de aquella niña, preñado de una desesperación inconcebible, anunció dos mil años más de tregua con aquellos horrores antediluvianos. Nadie lo escuchó, sin embargo: las naves espaciales tenían mucho cuidado de huir lejos de aquel asteroide, todos sabían que allí lloraban sirenas capaces de volver locos a los hombres.

Seudónimo: Vincent Midgar

158. LA HAMBURGUESA. De Francisco Inchausti


Ni siquiera cerró el coche. Estaba hambrienta. Salió del garaje con la bolsa en la mano, segregando una cantidad ingente de endorfinas. Caminó a paso ligero hacia casa, con la lengua fuera y la saliva derramándose por sus antebrazos. Podía saborear la comida sólo con pensarlo. Se relamía. Esos momentos previos le excitaban muchísimo.
Fue directa a la cocina. ¡Diantres! Se le había olvidado que estaba en el futuro. En esa época no existían cocinas. Fue a la sala de ingestas. Conectó el aire-antigravedad y se acomodó en el techo.
Tenía la bolsa en sus manos. "Voy a comer como si se acabara el mundo", pensó antes de abrirla. Pero dentro sólo había un botellín de agua.
-¿Qué? ¿Qué? ¡Qué es esta mierda! ¿Y mi burguer? –exclamó rabiosa.
Llamó a un amigo. Por telepatía, como hacía todo el mundo en el futuro.
-¿Jose? Soy Eva. ¿A que no sabes qué me ha pasado? Tenía antojo de hamburguesa y he parado con el coche a comprarme una. Pues al llegar a casa resulta que en la bolsa sólo había un botellín de agua.
-Impresionante.
-¿Verdad que sí?
-No, se lo decía a Tina por la otra línea telepática. Una amiga que tengo en 2016 y que me estaba enseñando un reloj de cuco de su época. Perdona, Eva. ¿Qué me decías?
-¡Lo de mi hamburguesa!
-Ah, sí. ¿Por qué no pides otra?
-Olvídalo. Estoy en pijama, tengo el coche en el garaje y sólo me ha costado 300 euros. Además, ahora tengo antojo de otra cosa.
-¡Eva! ¡Que aún no has cerrado el hilo telepático! ¡Te estoy viendo los pensamientos!
-¡Perdón! Lo siento, ya cuelgo. ¡Tengo que acostumbrarme al futuro!

Seudónimo: Francisco Inchausti

157. EL MÁS RÁPIDO. De Spider4ever

  
Aquel auto va veloz por la pista, a toda marcha intentando alcanzar el tiempo perdido. Sin duda que el encanto de la velocidad es una droga adictiva por donde se le vea, más aún si eres tú quien conduce y va dentro de la máquina.
-"Quien desee saber el significado de la adrenalina debe montar un carro veloz, un bólido feroz". - Le decía su padre cuando él era sólo un niño.
Ahora se asume Campeón y sólo faltan un par de vueltas para consagrarse como tal. En su mente,  la pista es una vorágine que se le viene encima sin cesar, se le abalanza sin respiro. Y a la vez, el recuerdo de su padre y su orgullo de ser quien siguió el legado de ser el más rápido…
Todo se oscurece, no se siente nada, sólo un silbido. El silbido del viento en mis oídos, no oigo nada más, ni la gente, ni el motor de auto. Todo está oscuro y comienza a hacer frio.
-¿Qué me pasa?...Debo terminar la carrera y estoy metido en este mal sueño.
- Ven hijo mío- Se escucha tras de mí. Volteo y veo a mi padre con su hermoso traje de piloto. Aún lo lleva puesto después de veinte años de su muerte. Aún se ven en su traje las manchas de sangre y me percato en ese momento que el mío luce peor. Se ve con quemaduras en varios lados y mis manos lucen chamuscadas y ensangrentadas.
- ¿Y ahora qué pasará?
- Ven a mi lado hijo mío aún debemos terminar la carrera- Respondió mi padre. Y fui hacia él sin sentimientos, sin recuerdos, sólo con la idea fija que tanto él como yo debemos en algún momento terminar nuestras carreras aunque tengamos que revivirla una y otra vez por toda la eternidad.
Seudónimo: Spider4ever

156. SOBREVIVENCIA. De Vimon

  
Deambulo por las calles de la ciudad   destruída y el hedor a podredumbre no me deja respirar. Cuerpos desmembrados y quemados de hombres y mujeres se esparcen por doquier.  También hay trozos chamuscados de carne humana que dan al paisaje un aspecto aterrador. La última explosión fue hace más   de doce horas, pero un humo irrespirable y negro cubre todavía el espacio de la ciudad en ruinas. 
Lo último que recuerdo es un mensaje   televisivo en el que las autoridades pedían a la población buscar un lugar seguro para guarecerse del ataque  inminente.    
Algunos sobrevivientes merodean por   ahí buscando agua o comida. Todos son despojos humanos semi quemados. No queda nada en los locales comerciales, solo cenizas. Se conservan pocos edificios de pie: la mayoría fue destruida por el bombardeo incesante.  
De entre una montaña de desperdicios   y material calcinado veo surgir una figura que me parece humana y que tambaleante camina hacia mí con los brazos extendidos, como queriendo atraparme.    
Me lleno de coraje y sigiloso la espero.   Se lanza hacia mí en forma torpe y con premura la esquivo. Repite su ataque y en la reyerta le arranco un brazo: lo muerdo.    
Con tanta hambre, aquel brazo me sabe   a gloria…

Seudónimo: Vimon